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Eduardo Mendoza

© Instituto Cervantes Cracovia

Eduardo Mendoza

La ciudad de los prodigios

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El viajero que acude por primera vez a Barcelona advierte pronto dónde acaba la ciudad antigua y empieza la nueva. De ser sinuosas las calles se vuelven rectas y más anchas; las aceras, más holgadas; unos plátanos talludos las sombrean gratamente; las edificaciones son de más porte; no falta quien se aturde, creyendo haber sido transportado a otra ciudad mágicamente. A sabiendas de ello o no, los propios barceloneses cultivan este equívoco: al pasar de un sector al otro parecen cambiar de físico, de actitud y de indumentaria. Esto no siempre fue así; esta transición tiene su explicación, su historia y su leyenda. 
En sus muchos siglos de historia no hubo ocasión en que las murallas impidieran la conquista o el saqueo de Barcelona. Sí, en cambio, su crecimiento. Mientras dentro de la densidad de población iba en aumento, hacía la vida insoportable, fuera se extendían huertos y baldíos. A la caída de la tarde o los días festivos los habitantes de los pueblos vecinos subían a las colinas (hoy el Putxet, Gracia, San José de la Montaña, etcétera) y miraban, a veces con catalejos de latón, a los barceloneses: febriles, ordenados y puntillosos éstos iban y venían, se saludaban, se perdían en el Dédalo de callejuelas, volvían a encontrarse y se saludaban de nuevo, se interesaban mutuamente por su salud y sus negocios, se despedían hasta la próxima ocasión. Los pueblerinos se divertían con el espectáculo; no faltaba quien, en su llaneza, trataba de alcanzar a algún barcelonés de una pedrada: esto era imposible, por la distancia en primer lugar, y también por la muralla. El hacinamiento atentaba contra la higiene: cualquier enfermedad se convertía en epidemia, no había forma de aislar a los enfermos. Se cerraban las puertas de la ciudad para evitar que la plaga se expandiera y los habitantes de los pueblos formaban retenes, obligaban a regresar a los fugitivos a garrotazo limpio, lapidaban a los remisos, triplicaban el precio de los alimentos. También atentaban contra la decencia. Albergado en un hostal que me había sido recomendado con hiperbólico encomio, cuenta un viajero en su crónica, descubrí que tenía que compartir una pieza de seis metros cuadrados como máximo con otras tantas personas, esto es cinco y yo mismo. De aquéllos, dos resultaron ser unos recién casados en viaje de novios, quienes no bien se hubieron acostado y habiéndose apagado la luz amenizaron la noche con profusión de jadeos, alaridos y risas. Todo esto a un precio exorbitante, ¡¡¡y aun gracias!!! Más conciso, escribe el padre Campuzano: Raro es el barcelonés que antes de tener uso de razón no se ha informado gráficamente del modo en que fue engendrado. Consecuencias de lo antedicho eran ya relajación de las costumbres, frecuentes epidemias de índole venérea, estupro y otros abusos y en algunos casos, como el de Jacinto o Jacinta Peus, trastornos psicológicos: A fuerza de ver a mis padres y a mis hermanos y a mis hermanas y a mis tíos y a mis tías y a mis abuelos y a mis abuelas y a mis primos y a mis primas y a los criados de la casa en cueros llegué a no saber quiénes eran hombres y quiénes mujeres ni a cuál de ambos géneros debía yo de adscribirme. El problema de la vivienda era pavoroso; el precio astronómico del alojamiento consumía la porción principal de los ingresos familiares. Unas cifras fáciles de captar son aquí útiles. A mediados del siglo XIX la superficie de Barcelona era de 427 hectáreas. En esas mismas fechas París disponía de 7.802 hectáreas; Berlín, de 6.310, y Londres, de 31.685. Incluso una ciudad aparentemente pequeña como Florencia contaba con área de 4.226 hectáreas, es decir, diez veces mayor que la de Barcelona. La densidad de habitantes por hectárea es igualmente reveladora: 291 en París, 189 en Berlín, 128 en Londres, 700 en Barcelona. ¿Por qué no se derribaban las murallas? Porque el Gobierno no daba permiso: con pretextos estratégicos insostenibles mantenía asfixiada la ciudad, impedía que Barcelona creciera en extensión y en poder. Los reyes, reinas y regentes que se sucedían en el trono de España fingían tener problemas más acuciantes y los gobiernos se mostraban remolones cuando no sarcásticas: si les falta terreno, decían, que quemen más conventos. Aludían con esto a los conventos incendiados por la turbamulta en las sangrientas algaradas de aquellas décadas turbulentas y al hecho de que los solares hubiesen sido luego utilizados como espacios comunitarios: como plazas, mercados, etcétera. Por fin las murallas fueron derribadas. Ahora parece que ya podemos respirar, se dijeron los barceloneses. Pero la realidad no había cambiado: con murallas o sin murallas la estrechez de la ciudad era la misma. La gente vivía oprimida en cuartuchos diminutos, en una promiscuidad hedionda e indecente; vivían amontonados los unos con los otros y todos los animales domésticos. La desaparición de la muralla permitía ver a todas horas el valle que se extendía hasta la falda de la sierra de Collcerola; esto hacía el hacinamiento más patente aún. Rayos y truenos, decían los ciudadanos, tanto campo vacío y nosotros aquí, como ratas en una madriguera. ¿Es justo, se preguntaban, que vivan más holgadas las lechugas que nosotros? En esta tesitura los ojos de la población se volvían hacia el alcalde. 
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Eduardo Mendoza

(Barcelona, 11 de enero de 1943). Novelista, autor teatral, abogado y traductor. Se licencia en Derecho en la Universidad Autónoma de Barcelona, y reside en Nueva York desde 1973 hasta 1982 donde trabaja como traductor en la ONU. Durante su estancia en Nueva York debuta con La verdad sobre el caso Savolta (1975) obteniendo el Premio de la Crítica en 1976 que, junto con El misterio de la cripta embrujada (1979), se lleva a la gran pantalla. Posteriormente se publica El laberinto de las aceitunas, Campo de la verdad, ambos en 1982. De esta fecha también son Los soldados de plomo, llevada al cine por José Sacristán y en 1986 publica La ciudad de los prodigios, que la llevaría a la gran pantalla Mario Camus en 1999. En 1986, junto a Miguel Narros, versiona y traduce El sueño de una noche de verano de William Shakespeare. Por La ciudad de los prodigios, obtiene diversos premios: Premio Grinzane Cavour (1988, Italia); Premio Ciutat de Barcelona; Nominación de libro del año en Francia (revista literaria Lire); y finalista del Premio Nacional de Literatura. En 1989 publica La isla inaudita, y en 1990 estrenó su primera obra de teatro, Restauració. En 1991, publica Sin noticias de Gurb y en 1992 junto a los escritores Félix de Azúa, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Marsé, Andreu Martín, Jesús Ferrero, Javier Fernández de Castro y Francisco González Ledesma, escriben una novela colectiva detectivesca: El enigma Icaria, editada por entregas en La Vanguardia.  En 1993, recibe el Premio Literario Elle por su obra El año del Diluvio y en 1996, publica Una comedia ligera, elegida como Mejor Libro Extranjero (1998, Francia). En el 2001 edita La aventura del tocador de señoras, por la que recibe el Premio del Gremio de Libreros de Madrid y publica el ensayo Pío Baroja.  En el 2002, publica El último trayecto de Horacio Dos, y en 2004 estrena la obra teatral Greus qüestions (Graves cuestiones) en el Festival de Temporada Alta de Gerona. No vuelve a publicar hasta 2006 con otra obra de teatro Glòria y otra novela Mauricio o las elecciones primarias, que obtiene el Premio de Novela de la Fundación José Manuel Lara Hernández. En ese año, Llátzer Moix publica Mundo Mendoza sobre el autor. Los próximos años son fructíferos: ¿Quién se acuerda de Armando Palacio Valdés? (2007), El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) y en el 2009, Tres vidas de santos donde debuta en el género de relato e incluye los cuentos La ballena, El malentendido y El final de Dubslav. El novelista, bajo el seudónimo de Ricardo Medina, ganó el 15 de octubre de 2010 la LIX edición del Premio Planeta de Novela, con Riña de gatos. Madrid, 1936. Con El camino del cole (2011), se acerca al mundo de los niños. En 2012 apareció El enredo de la bolsa y la vida, la cuarta novela de la serie del detective anónimo.
Eduardo Mendoza y la ciudad de Cracovia mantienen una especial relación de cariño y admiración que se ha demostrado en las visitas del autor a la ciudad y la respuesta de la misma: llenos absolutos, colas interminables para la firma de sus libros y admiración por parte de todos sus seguidores. La biblioteca del Instituto Cervantes en Cracovia lleva de Eduardo Mendoza, lo que estrecha aún más los lazos del escritor con Cracovia.
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